viernes, 3 de abril de 2009

Tuteo, voseo, boludeo…

Estoy podrido (¿Será ese el olor?) que me digan “maestro”. Es una falta total de respeto (¿Hacia mí o hacia ellos? ¡Chan!).

Cansado que me digan: Capo, jefe, negro, boludo, cacho, piscuí, tritri, máquina, loco, fiera.
Para que mierda nos matamos pensando nombres para nuestros hijos, si después viene cualquier salame (Sin ofender a los embutidos) para terminar diciéndole flaco, tigre, pitiribí, pajero, zapallo, pan triste, pantera, cabeza.

Entre tantos alias y apodos, a mí me gustan aquellos que están al “verre”: Troesma, dolobu, cofla, etcétera. Algunos prefieren el “inglis”: Chif (Chief), master, mayine (Machine), man.

¡¿Pero nadie se enoja cuando prefieren decirnos un insulto antes que llamarnos por nuestro nombre propio?! Cuando prefieren decirnos fiera, fierita, crazy puppet, flash, títere, artefacto, cara’e poio, qoyo, goyiado, culiao, campeón, aparato, paparulo, che, napio, cabeza de nada, fumanchú, negrura, josé, cachito, corneta, nardo, gil, gilún, gilastrún, que hacés tres veces que hacés, salamín, cuerno, etcétera.

Es verdad que algunos nombres propios son casi un insulto, pero el boludeo está tan entronizado que los insultos han dejado de serlo. Porque a lo largo de la historia se ha ido institucionalizando de tal manera que hoy somos todos boludos. Boludo es el “che” de nuestra era. Boludos por el sólo hecho de serlo. Boludos por naturaleza.

Es toda una lista interminable que cada uno puede agregar o inventar. Quizá el “boludo” de hoy tenga un sucesor inventado por alguno de ustedes. ¿Quién sabe?

Y para leer esta nota se notan que están boludeando.